Hola queridos fans. Llevaba un tiempo sin aparecer por aquí por motivos que no vienen al caso y que, dicho sea, me tocan los huevos, pero el caso es que he vuelto para hablar de un personaje típico de las calles y bares españoles: el voceras.
Todos hemos estado alguna vez en un bar y el que diga lo contrario miente descaradamente. Basta pasar por un bar normal, el típico de barrio de toda la vida, para ver ciertos personajes curiosos y muy habituales en España. No vale ir a un bar fashion ni cosas por el estilo porque allí sólo encontraremos gafapastas. Si pasamos por un bar de los de siempre con ganas de observar veremos que hay varias figuras clave. En primer lugar tenemos al camarero, tipo extraño que, o no habla nada o está despotricando contra todo. Luego tenemos al típico alcohólico aislado del resto que, sin dejar de mirar la tele, bebe anís, coñac o cualquier bebida de alta graduación y que, de vez en cuando, comenta algo con el camarero que, a su vez, o responde con monosílabos o empieza a criticar todo. Sirva esto como ejemplo. Si el que bebe en la barra ve en la tele un accidente de coche y hace una observación el camarero empezará quejándose de lo mal que se conduce y terminará cagándose en el gobierno por el estado de las carreteras.
Luego tenemos a la pareja de jóvenes que toman un refresco en un rincón, muy acaramelados y separados del resto. Está, como no, el grupo de amigos que beben cervezas y los abuelos en la partida de cartas o tomando un vino en la barra. Bien. Pues cualquiera de ellos puede ser un voceras. Es fácil reconocerlo.
Si se trata del camarero se encargará de que todo el bar se entere de cómo se caga en todo lo cagable y no permitirá que nadie tenga dudas. Todos, incluso los que pasean por la acera de enfrente, escucharán sus gritos. El alcohólico, normalmente seguidor incondicional de un equipo de fútbol, participará en todas las conversaciones deportivas que se desarrollen en el bar y en todas mostrará sus dotes comunicativas gesticulando, gritando y con una forma interesante de rebatir los argumentos del rival, que es la de no escucharlos ni dejar que los demás los escuchen. A falta de argumentos que le den la razón siempre puede utilizar su voz cazallera para ganar ese combate dialéctico (que puede acabar en un guantazo que suele recibir el voceras cuando insulta mucho y en voz demasiado alta). En cualquier otro tema, el voceras alcohólico siempre gritará pensando que las barbaridades que dice gritando son verdades como puños que escandalizan a los demás pero que nadie se atreve a decir.
En el grupo de amigos que toman cervezas siempre habrá uno que quiera demostrar al mundo lo gracioso que es y lo bien que se lo pasa y siempre, siempre, terminará levantando la voz. Si es para soltar una soberana gilipollez, mejor que mejor. No importa si se trata de hablar del partido de fútbol que echan en la tele, de una pelea en la que ha participado o de su último ligue. La cuestión es hacerlo gritando, o mejor dicho, rebuznando. Cuanto más triste sea la vida del personaje, más gritará. Hay que decir que, en algunos casos, las cervezas, el buen humor o el ambiente de un partido importante pueden hacer que alguien del grupo de amigos o varios de ellos griten y se emocionen. Incluso que se tomen el pelo entre ellos. En este caso no son voceras ya que están borrachos o de cachondeo. El voceras lo es por sistema.
Y, como no, en el grupo de viejos que juegan la partida o charlan tranquilamente en la barra tomando un vino también habrá siempre un voceras. En la partida el voceras se enfadará por una jugada puntual y gritará. Si alguien trata de explicarle lo que ha pasado levantará más la voz porque en la mentalidad del voceras la razón no la lleva el que expone sus argumentos con más sentido sino el que más grita, el que más vergüenza ajena da a los que están alrededor. En la conversación de barra la situación se repetirá llevando la razón el que peores modales muestra. Finalizada la discusión, el voceras, orgulloso de su mala educación y de su potente voz, triunfador de la pelea dialéctica, saldrá a la puerta del bar a fumarse un cigarro mirando a los que pasan por la calle como si fueran seres inferiores. Se siente ganador y a su alrededor se crea una aura de victoria. Incluso parece menos calvo, menos gordo y más alto.
Mientras, la feliz pareja de enamorados mira con vergüenza ajena y algo de disimulado desprecio al voceras que está montando el lamentable espectáculo y, mientras acaban su refresco, ya hablan de ir a un bar más tranquilo.